Hoy es mi cumpleaños. Un montón. Por vía telefónica y digital me han llegado muchas felicitaciones, pero este año no me pide el cuerpo celebrarlo con ruido. Gracias a todos. También, un buen amigo me regaló esta canción. Es muy sencilla y me suena que está elaborada con IA, pero confieso que me gusta. También he rescatado un artículo que a mi madre le gustaba mucho leerlo. Canción y artículo son vuestros:
NACÍ EN EL CALOCO
Siempre le escuché a mi madre que, estando ya cumplida y conmigo en el vientre, tuvo un último antojo: ir a la corrida de toros que ese año se había organizado como espectáculo principal de las fiestas del Caloco. Como su estado apuntaba a que éste, que ahora escribe, podía venir al mundo en cualquier momento, los acomodadores la sentaron en contrabarrera, junto a la puerta de sombra, por si el parto se presen- taba entre los olés del público a Julio Aparicio. Así de curiosa puede ser la vida.
Como testimonio gráfico de aquello, durante mi infancia rondaron entre los papeles del aparador de mi casa unas páginas sepias del se- manario taurino El Ruedo, que recogían, junto a la crónica y algunas fotos de la lidia, una instantánea de los famosos de la época que esta- ban en barrera y también, en segundo plano, a mi madre con aspecto de estar a punto de dar a luz. Era el martes 11 de septiembre de 1951, y a los días, el jueves de fiestas, Santos, el practicante del pueblo, me sacó de las entrañas de mi madre en la casa que daba vistas a la pla- zuela del Caño del Cura, un año antes de que luego fuera destruida por un incendio.
Nací, pues, en el Caloco. Y esto, entiendo que para bien, ha influido directa y notablemente en mi vida. Cronológicamente, las primeras imágenes que tengo archivadas en el disco duro de la memoria son relativas a cuando llegaron al pueblo los peliculeros para rodar Marcelino, pan y vino, película que luego pasaron en el primer cine de Austresigildo, en la calle del Convento. La popular película presentaba a la ermita del Cristo como escenario principal de la historia.
La circunstancia de que mi cumpleaños coincidiera siempre con la semana del Caloco multiplicó durante mi infancia el carácter festivo de esta fecha; unos años coincidía con la bajada, otros con los quintos, otros con la procesión del martes… Entonces, en aquella década austera de los años cincuenta, las fiestas del Caloco, siendo la máxima expresión festiva de El Espinar, no tenían tanto ruido como ahora (ni por asomo) ni implicaban un ocio generalizado de la mayoría de los vecinos, que compartían dentro de sus posibilidades el trabajo con la fiesta. Seguramente, en aquel tiempo, el Ayuntamiento sí que podría permitirse nueve días de fiesta, pero la economía de muchos vecinos no. Entonces, los días grandes eran el sábado, por la bajada; el domingo, por el refresco de la cofradía; el martes, por la procesión; el miércoles, día de los quintos; y el otro domingo, por la romería.

Entre las fotos en blanco y negro que mi madre guardó en los cajones de sus armarios durante más de medio siglo, siempre aparecen varias de la comida campestre del día de la romería, en las que estamos toda la familia; comparándolas, se nos puede ver a los más jóvenes (mi primo Juanito, mi hermano Juanjo y yo) cómo vamos creciendo, año tras año; lo mismo pasa con las distintas fotos en las que, de pequeños, estamos sentados en las andas de la imagen, durante la procesión del martes, circunstancia que luego yo he repetido con cada uno de mis cuatro hijos.
La década de los sesenta la recuerdo con el lastre de los malos estudiantes, que arrastrábamos asignaturas suspensas desde junio y debíamos examinarnos de ellas en el instituto de Segovia, coinci- diendo, casi siempre, con esta semana festiva. Como último recurso, algunos chicos aprovechábamos para pedirle al Cristo que nos ayudara en aquellos exámenes, pero la realidad era más testaruda, ya que las notas solían estar más en consonancia con lo estudiado durante el verano que con la precipitada devoción de aquellos rezos interesados.
En aquellos años, una verbena era algo excepcional. La mayoría de las noches se cubría el programa con bailes de dulzaina y tamboril o de la Banda, en La Corredera, y con sesiones de cine al aire libre en la plaza del Ayuntamiento. Luego vino la época del Dúo Las Vegas y, más tarde, la de los conjuntos segovianos con notables músicos espinariegos entre sus componentes: Los Diamantes, Los Ánades… También, las respectivas corporaciones municipales hicieron esfuerzos económicos para contratar a las orquestas por las pasó el músico del pueblo con mayor proyección, Federico Ruyra: Los Bardos de España, la Orquesta Versalles y Alcatraz. Lo de las verbenas generalizadas y hasta las tantas es cosa reciente.


El Teo en la plaza de toros, tal como lo conocemos y vivimos en la actualidad, surgió en 1972, pero no fue de un invento improvisado, ya que con su recuperación se trataba de enlazar con otro antecedente festivo del pueblo: el baile del Teo en La Corredera.
El sistema natural y primitivo de iluminar los bailes públicos con el fuego de un gran teo estaba vivo en la memoria colectiva, al haberse conservado por tradición oral (no en balde somos conocidos como los ahumaos). Este festejo está recogido en la Historia de El Espinar, de Domingo Rodríguez—Arce (imprenta El Adelantado, 1916) En este libro se transcribe una larga poesía de José A. Rodríguez del Valle, firmada en 1895, que glosa minuciosamente las fiestas del Caloco, tal cómo tenían lugar a finales del siglo XIX. Transcribo literalmente, con su acentuación original, los versos que hacen referencia al baile del Teo:
Aun sin retirar al toro
la juventud se da cita;
comienza el baile y se enciende
el gran teo que ilumina
con resplandores fantásticos
del baile las alegrías.
A pie de página, el autor de libro aclara: “El teo es un pino seco de unos cuatro metros de alto, bastante grueso y teoso, con unos taladros en donde se colocaban teas, y se situaba en el centro de la plaza, encendiéndole las cinco noches que duraban las fiestas, iluminando profusamente, pero despidiendo grandes chispas que caían sobre los tejados de las casas inmediatas, constituyendo un grave peligro á los incendios, y en su vista, desempeñando el cargo de Alcalde el autor de este libro por el año 1897, se tomó acuerdo por su Ayuntamiento de suprimirle”.
Desde el año 2002, dentro de la Fiesta de los Gabarreros, el CIT organiza en la Corredera un baile que se ajusta bastante a todos los detalles referidos. Dicho todo esto, lo de ahumaos no precisa mayor explicación. La leña y el fuego son dos elementos presentes en muchos pasajes importantes de la historia de este pueblo y, por consiguiente, en lo que concierne al tema que nos ocupa: el Caloco, que desde la ermita y el cerro que lleva su nombre y preside el valle espinariego por el norte.
Hacia la imagen del Caloco se vuelven los ojos de muchos de los que se sienten desamparados, sobre todo cuando el peligro acechaba en el pinar. La dureza de trabajar en el monte venía agravada por contingencias y sobresaltos de todo tipo: los trampales, las crecidas del río, la crudeza del invierno serrano, la nieve, los cortes y acciden- tes… además del peligro de las sobrecogedoras tormentas en el pinar, que se cebaban en las caballerías. Me lo han dicho muchas veces mis gabarreros: “Quien no haya sufrido una tormenta en el pinar no sabe lo que es el miedo”.
El suceso fue así. 1952 fue un año muy duro para nosotros. Además de quemarse nuestra casa, tuvo lugar un siniestro que nos afectó mucho. Florencio Escanciano me lo contaba así: el 21 de abril se presentó una tremenda tormenta en el pinar de La Garganta. Era lunes, al atardecer; los rayos caían rajando pinos y alumbrando el bosque con fogonazos de terror, eran como escalofríos; los truenos rebotaban entre la umbría y la solana con un eco sobrecogedor. Los gabarreros salíamos de nuestros rincones y nos agrupábamos en busca de cobijo, camino del pueblo; yo bajaba con los dos caballos de tu padre cargados de leña, junto a mis hermanos y otros cuatro. Teníamos miedo. De repente, a la altura de la loma de los Ardites, junto al collado de Gargantilla, un rayo rasgó el cielo y toda la pradera se iluminó. Los seis gabarreros caímos al suelo de golpe, sin conocimiento. Cuatro de los animales murieron por la descarga, uno de ellos fue el Cordobés”.
Los seis gabarreros que venía con los caballos, cogidos del ramal, Florencio y Valentín Escanciano Allas, Gregorio García Maricalva, Tomás Díez, Andrés García Largo Chocolate y Pedro Sebastián Fernández, salvaron sus vidas sorprendentemente. Andrés y Pedro quedaron tendidos en el suelo, medio inconscientes, junto a los cuatro caballos muertos. Los otros bajaron corriendo a pedir auxilio por teléfono, desde la casa de Las Campanillas. En el camino se encontra- ron a otro de los hermanos Escanciano, Mariano el Pinche, que bajaba por otra ladera y se quedó a reanimar a los heridos. Los seis gaba- rreros salvaron milagrosamente sus vidas. Cuando se repusieron, lo primero que hicieron fue subir a darle gracias al Cristo.
Era el 21 de abril, fecha que quedó señalada en el pueblo, hasta el punto que durante muchos años ha sido motivo de reunión para familias gabarreras en la misa que se celebraba en la ermita del Cristo del Caloco, en acción de gracias. Estas son los versos que mejor refleja el sentimiento gabarrero con el Caloco:
No le temo a la sierra mucho ni poco
si le rezo a mi Cristo el del Caloco.
En sus últimos años, a mi madre le gustaba recibir al Cristo el la plaza del Ayuntamiento, sintada en uno de los bancos de piedra laterales. Luego, Jesús Torres, que siempre que estaba en Segovia solía acudir a la bajada del Caloco, visitaba a mi madre en su casa.

Los accidentes en el monte no han dejado de producirse. Ahora, la mayoría de ellos son producidos por las motosierras y por los vuelcos de los tractores forestales, como ya he contado en el capítulo ante- rior. Pablito González Arranz ha volcado varias veces con su Skidder; una vez, cayó rodando por una pronunciada pendiente de Navacerra- da y el tractor dio siete vueltas. Su tío Alfonso Tejero bajaba blanco, pues pensaba que se encontraría a su sobrino muerto, pero la jaula del Skidder le protegió. Cuando Pablito lo recuerda, dice que le salvó la vida la imagen del Caloco que siempre lleva en la cabina, y vuelve a darle las gracias.
En la actualidad, muchas parejas eligen la ermita del Caloco como marco religioso de su boda. Pero esto no es nuevo. Recuerdo que una tarde de mi infancia, después de la escuela (¿o hicimos novillos?), nos presentamos en la explanada de la ermita un tropel de gente del pueblo porque se casaba la bailaora María Albaicín con el torero Joaquín Bernardó. Allí estábamos todos, para hacer bulto y salir en las fotos de la revista de cotilleo de la época, AMA. ¿Y a nosotros quién nos había invitado? Al recordar esto comprendo un poco el absurdo de esta historia tan surrealista del mundo de los famosos y la prensa del corazón, y que ahora tiene al personal pegado a la droga dura de la televisión. Pero esa es otra historia.
Volvamos al Caloco y a su ermita. Cuando mi padre dejó lo de la leña y comenzó a trabajar como taxista, a finales de los años cincuenta. Siempre que cambiaba de coche, mi madre se encargaba de que el cura nos dijera una misa en la ermita del Cristo y luego bendijera el nuevo taxi. Durante muchos años, la Josefa siguió comprando sucesivas imágenes adhesivas del Caloco para que las colocáramos en el salpicadero de los coches y autocares.
En 1969 murió la tía Piedad. Lo conté así en Un alto en el camino: “Llevaba varios años enferma del corazón y había pasado el verano del 69 en una residencia de Alicante, al nivel del mar, donde se repuso bastante; sin embargo, llegado septiembre, se presentó en el pueblo en la fecha señalada del segundo sábado 13 (día de mi cumpleaños) para recibir al Cristo del Caloco en su anual bajada al pueblo, desde su ermita. Recuerdo que la tía Pili, plena de alegría y felicidad, se emocionó y lloró mucho: su Cristo, su gente, su pueblo, su casa… A la mañana siguiente no despertó. Don Aurelio, el médico, dijo que la embolia había sido producida por el repentino cambio de altitud, al pasar del nivel del mar a los 1200 metros de nuestro pueblo; pero yo siempre he pensado que tantas emociones juntas, como las que vivió la tía Pili aquel sábado, son imposibles de digerir por un corazón herido”.
También, la escuché a mi madre varias veces un pasaje muy especial relacionado emocionalmente con el Caloco. Este ocurrió al comienzo de la guerra civil, cuando mi tía Pili tenía en torno a quince años y, por instinto de protección, la llevaron a Segovia, a casa de la prima Amparo (propietaria durante muchos años del restaurante segoviano Casa Garrido, junto al acueducto). Dice mi madre que la casa de la prima Amparo estaba cerca de la cárcel y que una noche, ya de madrugada, la joven escuchó unas voces desgarradas: “¡Cristo del Caloco, apiádate de nosotros!¡Adiós, pueblo de El Espinar; adiós, Cristo del Caloco!”. A la mañana siguiente se lo contó a Amparo: “Qué emoción, prima, esta madrugada he escuchando unos gritos que rasgaban el cielo y que sin duda eran de gente de El Espinar, porque se despedían de él y del Cristo”. La prima Amparo, que era más mayor, sí que sabía la tragedia que encerraban aquellos gritos.
En 1981 operaron a mi suegro, José María, en el hospital Clínico de Madrid. Recuerdo que, los días previos a su entrada en quirófano, su compañero de habitación nos preguntó a los familiares sobre el Caloco: “¿Cuál es ese Cristo del que tanto habla José María, no hace otra cosa que rogarle?” Unos años más tarde, en ese mismo hospital, le abrieron el corazón para cambiarle una válvula a mi primo Juanito Garrido Tachón; allí nos presentamos para darle ánimos mi primo Jesús Garrido el Huertero y un servidor, y ambos pudimos percibir que Tachón tenía todas sus esperanzas depositadas en su Cristo del Caloco. La operación salió bien y Tachón vivió muchos años felices pastoreando con sus vacas por los ejidos de Gansapájaras y la Casa de la yeguas.
Estoy seguro de que casi todos de los que esto lean pueden contar muchos casos similares, vividos en su entorno familiar y con la enfermedad y el Caloco como elementos fundamentales.
Cuando ya se ha traspasado, con creces, el ecuador del camino, uno busca darle un sentido racional a la existencia. En mi caso, percibo cómo cada vez pesa más la contundencia de esa frase acuñada en la novela El tiempo de las lluvias: “Nada se aprende, todo se recuerda”. Según pasan los años, compruebo que es muy poco o casi nada lo que he aprendido, y que, tras la obligada criba, las pocas cosas capaces de servirme para el futuro son ésas que se me presentan desde el ayer, sin pedir permiso y a través de la memoria.
Nací en el Caloco. Hablo y escribo de lo poco que sé y he vivido. Siento que soy eso, lo que he transitado a lo largo de esos años, sobre todo lo que se me ha ido acumulando en el rincón de las emociones, que arrancan del tiempo en que la razón no necesitaba buscar respuestas a las cuestiones que no la tienen.
Acudo cada año al Portalón con buena fe, más que con fe ciega, y respeto la fe viva que alumbró a los que ya no están. Una vez en el enclave que usamos para recibir en el pueblo al Cristo, busco un rincón discreto; desde él, hago un repaso visual y observo que muchas de las personas que tengo delante acuden aquí, de año en año, y sólo ese día: antiguos compañeros del colegio, familias que se marcharon del pueblo en bloque hace mucho tiempo, veraneantes que dejaron de venir… Es como una breve película del pasado
También hay personas queridas que, por su edad y enfermedades, salen poco de sus casas o de la residencia de ancianos, pero ese día sí, y acuden al Portalón. Hoy me he encontrado a Juan Hoyuelos, mi gabarrero de luna, y me he acercado a él. Está sentado sobre una silla de ruedas, acompañado por Máxima. Aunque está serio y con gesto dolorido, he conseguido arrancarle una leve sonrisa y ha dicho mi nombre con claridad. Se me han saltado las lágrimas, pero consigo sonreír, con en fin de que se quede más con mi alegría que con mi llanto. Conscientemente, no le pregunto cómo está. Lo veo y no quiero remover su dolor. Cojo sus manos con mucho cariño y las aprieto. María nos mira en silencio, entiende muy bien nuestro diálogo de gestos, caricias y miradas; creo que también nos mira su yerno Tomasín. Suena la Banda de Música y la procesión se encamina a la iglesia con el Caloco a cuestas. Su figura me evoca la fotografía que Máxima le mandó a su marido a Francia, con sus dos hijos sobre las andas del Cristo. Me agacho para despedirme de Juanito con un último beso y vuelvo a mi espacio discreto
En este acto colectivo me siento parte, y me emociona; me empapo de ese sentimiento sereno, que emana de la gente, mi gente, y me agrada; me considero uno más dentro de un todo, eso que llaman pueblo, y noto que esa emoción común me aflora sonidos y olores conocidos, que me conmueven: la música que sale de la Banda, el gentío que avanza hacia la iglesia, el olor de la cera de los cirios del Caloco, en el altar… esos mismos aromas se me renuevan, año tras año, cuando a mi pueblo llega el Caloco.

Como al principio recordé, a mi madre le gustaba leer y releer este artículo, publicado en el periódico del pueblo. Tras su ausencia, confieso que cuanto digo o escribo es en su memoria, del mismo modo que las cosas que hago ahora implican un homenaje íntimo a tres personas que ya no están, pero siguen alumbrando mi vida: mis padres y mi hijo Tatán.

Reflexiones
A los sesenta y cinco años, uno empieza a comprender
Que la vida no se mide por lo que logró tener
Se mide por los abrazos que todavía puedes dar
Por los amigos que quedan cuando todo va a cambiar
Aprendí que tener razón no siempre vale una discusión
Porque hay batallas que se ganan, y aun así dejan destrucción
Aprendí que el tiempo pasa más rápido de lo que creí
Ayer soñaba con el futuro y hoy recuerdo lo que viví
Descubrí que muchas cosas que parecían esenciales
Serán cargas innecesarias, disfrazadas de ideales
La juventud quiere velocidad, la madurez quiere paz
Porque cuando el reloj avanza aprendes lo que de verdad amas
Ya no me impresiona el dinero ni los títulos ni el poder
Me impresiona una persona que sepa agradecer
Me impresiona quien es leal cuando no hay nada que ganar
Quien te llama porque quiere y no porque va a necesitar
He visto amores eternos que duraron un verano
Y amistades silenciosas que me sostuvieron la mano
He visto gente muy pobre con riqueza en el corazón
Y gente llena de lujos muriendo en la soledad de un salón
Con los años comprendí que el orgullo sale caro
Que pedir perdón a tiempo evita más de un naufragio
También aprendí que cambiar no es traicionarse jamás
Es tener la inteligencia de corregir y avanzar
Hay quienes envejecen sin crecer en realidad
Acumulando calendarios sin aprender a madurar
Yo ya no busco aplausos ni aprobación de los demás
Porque la paz más importante es la que encuentras al descansar
Si pudiera darle un consejo al joven que un día fui
Le diría: «Ama más despacio, vive más cerca de ti»
«No persigas tantas sombras, no sacrifiques tu paz
Que al final de la jornada eso no regresa más»
Y cuando llegue la noche del último atardecer
Espero haber sido recordado más por amar que por tener
Porque después de tantos años, de triunfos, pérdidas y dolor
La única riqueza verdadera sigue siendo el amor

Tal cual has dicho y escrito en más de una ocasión: «Recordar es, también, otra forma de vivir». Yo, tú primo Vicente, no lo he olvidado y, perdón, me lo he apropiado.
Seguro que escuchas el corazón que hace fluir los sentimientos aquí, allá y acullá.
El pasado está ahí y moldea el presente y el futuro.
Adelante, pues, para contárnoslo..!!!
Muchas felicidades, Juan Andrés
Una vida muy bonita a la que todavía le queda mucho por recorrer.
Un abrazo
Buena fecha para nacer para alguien que lleva tanto El Espinar en el.corazón y en el alma.